Una mujer camina junto a un mural antiestadounidense cerca de la antigua Embajada de EE UU en Teherán.
Una mujer camina junto a un mural antiestadounidense cerca de la antigua Embajada de EE UU en Teherán, el pasado sábado.© ABEDI (EFE)
En 1991, el filósofo francés Jean Baudrillard publicó un libro titulado La guerra del Golfo no ha tenido lugar. El texto fue criticadísimo: se vio como uno de los principales ejemplos de la deriva absurda del posmodernismo francés al minimizar el sufrimiento de la guerra con un planteamiento que ni siquera ayudaba a entender por qué Irak invadió Kuwait y cuáles eran los motivos de la respuesta de Estados Unidos.
Lo que Baudrillard quería señalar es que esa guerra estaba concebida como un espectáculo, como un simulacro. En ese espectáculo, con bombardeos retransmitidos por televisión, se seguían los esquemas de una película o de un videojuego: era una lucha justa contra un enemigo malvado, Sadam Husein, que había invadido un país por su petróleo. En combate, las fuerzas aliadas, muy superiores, apenas sufrían bajas y las muertes iraquíes casi ni se nombraban, especialmente las civiles.
Desde ese punto de vista, Baudrillard tenía algo de razón: no hubo una guerra, sino una atrocidad disfrazada de espectáculo. El análisis es incompleto, pero muestra una tendencia que hoy en día es aún más obvia. La realidad se oculta tras narrativas interesadas que intentan reducirla a entretenimiento, a contenido. La primera guerra de Irak fue una película: era breve, había buenos y malos, y tuvo un final. La segunda guerra de Irak, la de 2003, fue como una serie mal escrita: empezó con un planteamiento similar a la de 1991, pero se alargó y acabó con una trama enfangada y un final confuso que no siguió casi nadie.
La guerra actual de Irán es un reality como los que protagonizaba Trump antes de pasarse a la política: no hay trama reconocible, más allá de las declaraciones de los personajes, que son exageradas e incoherentes, y para las que apenas hay contexto destacable. Por ejemplo, Trump ha dicho que quería evitar que Irán se hiciese con un arma nuclear, que quería un cambio de gobierno, que quería el petróleo irání, que el ataque duraría dos o tres semanas, que moriría toda una civilización, que quizás dure más, que está a punto de acabar.
El argumento da igual, lo importante es que haya contenido que se pueda comentar en redes sociales y que los trumpistas puedan vender cualquier titular como una victoria. Por ejemplo, hace unos días, analistas políticos y partidarios de Trump comentaban en X que a los opositores del presidente se les iba a quedar cara de tontos si conseguía reabrir el estrecho de Ormuz, obviando que el estrecho estaba abiertísimo antes del ataque estadounidense.
El argumento da igual, lo importante es que haya contenido que se pueda comentar en redes sociales y que los trumpistas puedan vender cualquier titular como una victoria. Por ejemplo, hace unos días, analistas políticos y partidarios de Trump comentaban en X que a los opositores del presidente se les iba a quedar cara de tontos si conseguía reabrir el estrecho de Ormuz, obviando que el estrecho estaba abiertísimo antes del ataque estadounidense.
Tras el fracaso de la reapertura (y de las negociaciones de paz), los partidarios del republicano han pasado a aplaudir su decisión de bloquear el estrecho, obviando que el estrecho ya estaba bloqueado. Otros se centran en que un cambio de régimen sería una buena noticia, al poner énfasis en los altos cargos iraníes que han sido asesinados, pero lo cierto es que, de momento, los ataques solo han logrado reemplazar al ayatolá Jameneí por el ayatolá Jameneí junior.




















