26/12/17

La guerra del Golfo por: Simonelli, Julia


VETERANOS DE AYER, DE HOY Y DE SIEMPRE










Introducción

El presente ensayo tiene como objetivo vincular las teorías de la comunicación con un acontecimiento histórico significativo

del siglo XX, así como con reflexiones acerca de manifestaciones u obras artísticas vinculadas a dichos sucesos.

En este caso, se seleccionó la temática de la guerra del Golfo, en su articulación con lecturas diversas, como Dialéctica del

iluminismo de Adorno y Horkheimer, Sobre la televisión de Pierre Bourdieu.

La guerra del Golfo (1990-1991) fue la primera manifestación de un escenario bélico virtual devenido en desencanto. Desencanto que se inicia con un vejamen moral patrocinado por la Organización de Naciones Unidas, quien da luz verde al

enfrentamiento apoyado por una población en principio opositora, que muta su voluntad conquistada en el engaño, argumentado en las atrocidades producidas por el país enemigo Irak en territorio kuwaití.

Desencanto de un combate donde las imágenes transmutan el enfrentamiento tradicional del campo de batalla, en el ocultamiento que propone la tecnología con sus disparos desde mundos de distancia; donde la destrucción provocada por la guerra se vuelve una celebración de fuegos artificiales y la crueldad de la muerte tan sólo una construcción fantasmagórica.

Desencanto de los propios sobrevivientes que regresaron creyendo burlar la muerte, sin saber del flagelo que silenciosamente albergaban en su cuerpo: los efectos de la medicación sin control que su país les administró, con el convencimiento de que los protegería de las armas químicas, pero sin advertirles de sus potenciales efectos colaterales.

También conocida como Operación Tormenta del Desierto, fue organizada por Estados Unidos secundado por varias naciones aliadas, entre ellas Afganistán, Argentina, Arabia Saudita, Australia, Bangladesh, Bélgica, Canadá, Checoslovaquia, Corea del Sur, Dinamarca, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, España, Estados Unidos, Francia, Grecia, Hungría, Italia, Kuwait, Marruecos, Países Bajos, Nueva Zelanda, Pakistán, Polonia, Portugal, Reino Unido y Siria, contando además con la venia internacional de la ONU.

El desencadenante fue la invasión de Irak al emirato de Kuwait, el 2 de Agosto de 1990, con la intención de anexarlo a su territorio, debido a las deudas cuantiosas que debía afrontar después de la guerra con Irán. Estados Unidos (antiguo aliado y proveedor de armas químicas al dictador Sadam Hussein en dicha guerra), respondió a la invasión enarbolando su bandera de nación libertadora y abogando por los derechos internacionales de Kuwait, primero con bloqueos económicos pronunciados desde las Naciones Unidas, y más tarde dada su negativa a abandonar el territorio kuwaití, interviniendo militarmente el 15 de enero de 1991.

La aplastante victoria de las fuerzas aliadas sucedió en tan sólo 42 días. Las tropas iraquíes abandonaron Kuwait. La crisis económica y social iraquí dejó un saldo de más de un millón de muertos en los primeros años posteriores a la guerra.


Desarrollo


Desviando la realidad de la información

Si de construir ficciones se trata, el fin de la guerra fría con la disolución de la Unión Soviética, dejaba a EEUU como única
superpotencia y con la necesidad de instalar y consolidar su poderío a nivel mundial.

El desborde de Sadam Hussein en su intención de recuperar a Kuwait argumentando su antigua pertenencia al territorio

al territorio iraquí, previo a la colonización británica, no fue suficiente testimonio para encubrir el verdadero objetivo de la invasión: su necesidad extrema de apropiarse de las reservas petrolíferas del Emirato para sanear sus cuantiosas deudas, producto de la devastadora guerra con Irán.

Su desacertada decisión le dio a Estados Unidos la excusa perfecta para desarrollar el guión estratégico que los consagraría como los héroes de la humanidad, mientras su intencionalidad real subyacía a la farsa: domesticar a Irán al control capitalista, profundizar su hegemonía en la región instalando bases de control económico y político y someter a los aliados históricos de Irak (China y Rusia, principales importadores de petróleo iraquí) y a sus propios aliados, a presenciar el despliegue de su poderío militar; instalando a los ojos del mundo quien es la potencia imperante del Nuevo Orden Mundial.

En efecto: “los acontecimientos tienen mayores probabilidades de aparecer como noticias cuanto mayor sea su escalada y cuanto más dramático, repentino o violento sea su carácter” (Hall, 1980). Esto fue lo que les permitió efectuar la inoculación estratégica de una ficción, es decir, un desvío de la realidad intencionalmente dramático.

El escenario estaba planteado, la intencionalidad del fin a buen resguardo; sólo faltaba adicionar un motivo ampliamen-  te justificado para dar sustento a la guerra, ya que la mayoría del pueblo americano no adhería al conflicto bélico. La estrategia sería entonces deshumanizar al supuesto enemigo y establecer como objetivo deliberado la desinformación, auspiciado por los medios televisivos.

Como sostiene Bourdieu (2005):


La televisión propone la imagen de un mundo lleno de violencias y delitos, de guerras étnicas y odios raciales, contemplación cotidiana de un entorno amenazador, incomprensible e inquietante, del que conviene ante todo retraerse y protegerse, una sucesión absurda de desastres absolutamente incomprensibles y en los que no se puede
intervenir. Así se introduce hábilmente, poco a poco, una filosofía pesimista de la historia que estimula más el retraimiento y la resignación, que la rebelión y la indignación.



Así surge la historia de Nayira, una niña kuwaití que testificó en una audiencia efectuada en el congreso de los EEUU sobre las atrocidades cometidas por las fuerzas iraquíes en Kuwait, aseverando ver a soldados iraquíes irrumpir en el hospital con la intención de robar incubadoras, arrancando a 300 bebés de ellas, y arrojándolos al frío suelo para dejarlos morir. Este comité reunido era de carácter no oficial, por tanto no acarreaba problemas legales por declaraciones falsas aunque sus dichos fueron avalados por la Fundación Kuwait Libre, Amnistía Internacional y el mismísimo presidente Bush padre.

El odio irracional hacia Sadam Hussein no se hizo esperar. El periodismo amarillo y sensacionalista del mundo se hizo eco de estas imágenes, catapulta segura a la guerra deseada, ambicionada por el gobierno y que una empresa de Relaciones Públicas Hill & Knowltown hizo posible, sustentando un argumento macabro con la complicidad de la hija del embajador kuwaití, la emocionada Nayira transmitida hasta el hartazgo en las pantallas televisivas, reafirmando el lema: “miente, miente que algo quedará”.

El 15 de enero de 1991, con el logrado consentimiento de los ciudadanos americanos y el visto bueno de la ONU comenzaron los enfrentamientos bélicos, donde el arma infalible era sin duda la propaganda y su poderío de conformar una opinión pública doblegada a los intereses políticos; intereses que disfrazan al Estado del Norte como guardián benevolente de la libertad, mientras encubren su intención verdadera: la instalación del terrorismo mediático a escala mundial.






La propaganda manipula a los hombres; al gritar libertad se contradice a sí misma. La falsedad es inseparable de ella. Para la propaganda incluso la verdad se convierte en un simple medio más para conquistar seguidores; la propaganda altera la verdad en cuanto la pone en su boca.

(Adorno, 1970)


El portaviones de este armamento informativo organizado fue la cadena de noticias CNN, encargada de transmitir al instante, en continuidad y al mundo la blasfemia noticiosa convertida en espectáculo y desprovista de toda instancia de análisis posible.

Al demonizado Hussein se le sumó una treta mediática más: la marea negra que se esparció por las aguas del Golfo Pérsico, un desastre ecológico de proporciones inenarrables, de acuerdo a los dichos y a las imágenes transmitidas en las noticias.

La CNN confirmó la intencionalidad del dictador de contaminar las aguas, al abrir las compuertas de sus pozos de petróleo.

Asimismo difundió imágenes de un ave totalmente cubierta de petróleo en la costa. A pesar de que otra agencia de noticias informó que se trataba de un buque petrolero de bandera iraquí, que había sido bombardeado por los EEUU creyendo que allí se ocultaban armas químicas, y que el ave en cuestión pertenecía a una especie que no habitaba en las costas del golfo, no alcanzó para desmentir al gigante informativo. La guerra al derecho a la información estaba declarada.

Con la misma estrategia de imágenes más cercanas a la realidad de un juego de video que a lo que se conocía hasta el momento como un terreno de guerra, los corresponsales in situ transmitían desde las cabinas de los aviones los bombarderos, o desde las unidades de combate terrestre. Siempre puntos estratégicos desde donde las imágenes no evidenciaran el drama real de una matanza masiva.

No se ven lágrimas ni se ve sangre, sólo un espectáculo de luz y sonido vendido al mundo como una guerra quirúrgica que distinguía objetivos militares de su población civil. Una impoluta guerra incruenta de “bombas inteligentes” que dejaron un saldo de cientos de miles de muertos.

Como afirma Fazio (2013):


Los relatos acerca de guerras, desde las narraciones históricas de Herodoto y los poemas épicos de Homero, han estado unidos al uso de la propaganda. Entonces no se trataba de escribir la historia objetiva sino de incitar o provocar emociones, positivas o negativas, para conformar la voluntad de la población, las más de las veces tergiversando o manipulando los hechos a favor de la cultura dominante.


Conclusiones

La guerra del golfo constituyó una jugada maestra para instaurar el poderío militar estadounidense a nivel mundial, activando como disparador un dispositivo distractivo, que ocultara a los ciudadanos los problemas económicos y sociales que los embargaban, tras una guerra de corte netamente hollywoodense. Ni el propio ejército estadounidense fue ajeno a los ocultamientos y mentiras de su gobierno y el flagelo de su encubrimiento lo lleva tatuado al día de hoy en el cuerpo. Es por ello que, como afirma Baudrillard (1991):


Resulta vano interrogarse sobre los objetivos políticos de esta guerra: el único objetivo (transpolítico), consiste en enrasar a todo el mundo según el más pequeño denominador mundial común, el denominador democrático (que corresponde cada vez más, con su extensión, al grado cero político). Puesto que el más pequeño multiplicador común es la información en todas sus formas, que también corresponde cada vez más, con su extensión al infinito, al grado cero de su contenido.


Más de 80.000 ex combatientes sufrieron el llamado síndrome de la guerra del golfo, enfermedad que se expresa en inmunodeficiencias muy graves, similares a los que provoca el SIDA; graves disfunciones renales y hepáticas, aumento espectacular de malformaciones congénitas (muy frecuentes también en animales), cánceres (leucemia, anemia aplásica y tumores malignos), enfermedades respiratorias (enfisemas y fibrosis pulmonares), problemas neurológicos de habilidad y eficacia neuromotoras, infertilidad (se han hallado rastros de uranio en semen de veteranos), daños cerebrales y pérdida de memoria, miopatías, etc.

Las causas: inyecciones experimentales para prevenir los riesgos de exposición a ataques químicos, exposición a emanaciones químicas y/o el contacto con uranio empobrecido, material utilizado para revestir las municiones y que por supuesto se oxida y se esparce en el aire al estallar. Situaciones por demás ocultables por sus consabidos efectos colaterales, y a las que los héroes de esta guerra estéril, sin vencedores ni derrotados, apoyaron con ingenuidad y servicio al igual que nosotros, los televidentes de esta guerra de calificación impronunciable.

El gobierno de los Estados Unidos vio la oportunidad que le regalaba su ahora enemigo Sadam, preparó la ficción que embaucó a la opinión pública del mundo, generó un aparato mediático mercenario (CNN), y sirvió la cena a una audienciaglobalizada que, en estado hipnótico, acumulaba información viral y putrefacta.

Así funcionan los aparatos ideológicos de un Estado ambicioso de un poder que nunca llegará a saciarlo; un Estado totalitario que se fagocita a sí mismo en sus propios desafíos. Porque el monstruo no acecha si no se lo construye, no acecha si no se lo persigue, no existe si no se añora tener en quién victimizarse, para luego convertirse en salvador de la humanidad demonizándolo frente a los ojos del mundo.

Es necesario, entonces, seguir las premisas de Walsh (1976): “el terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento.

Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror. Haga circular esta información”.

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